El escenario de la tela se convierte en un punto de encuentro, no sólo de ideas, sino de materia y forma que se acumulan con mayor densidad en el centro del cuadro. Se producen fluctuaciones de intensidad y el centro devuelve esa acción recíprocamente, buscando los lados; porque cada fragmento de la obra tiene una razón, un propósito colectivo; es, a la vez, unidad y todo. Cada parte reclama una atención exclusiva, eso la singulariza, pero la proximidad, la interacción y la yuxtaposición las unifica. Se genera un principio de construcción orgánica. De hecho, las estructuras aparentemente geométricas siguen principios orgánicos. Es un todo fragmentario y asimétrico que busca su equilibrio; un orden modular de construcciones imaginarias que tienen su eco en la visión continuada de la realidad.
La obra, en su génesis, parte de un plan inicial, de una imagen mental; pero durante el proceso, el azar interviene y reclama su lugar. Se producen una serie de cambios que aportan autonomía y nuevos conceptos. La interacción debe ser continua y fluida.